Me gustan los ciruelos. Si supiese un poco más de árboles, creo que hasta podría decir que son mi especie preferida. Cerca de mi casa está lleno de ciruelos; es más, en el jardín del frente tenemos dos. Pero aún son jóvenes, con ramas delgadas y melenas no tan pobladas como las de sus hermanos mayores. Mi papá se queja de que los plantamos hace ya unos cuatro o cinco años y aún siguen casi iguales. Yo opino que a los árboles hay que tenerles paciencia.
A veces, cuando voy caminando y me cruzo con un ciruelo, si no hay nadie más en la calle y no voy muy apurada, me animo a extender las manos hacia las ramas y acariciar las hojas con la punta de los dedos. De alguna manera creo que eso los convierte en mis amigos. Me alegran un poco el día cada vez que los veo, y de alguna manera los encuentro distintos a los demás árboles. Le dan un toque de alegría a mi trayecto de inglés a casa. Le dan un toque de color al barrio. (pero no voy a decir que también me alegran o colorean la vida, porque eso sería muy cursi y predecible)
Quizás a ustedes no les parezcan tan lindos... los ciruelos, digo. Su piel es arrugada y de un marrón seco; casi desagradable al tacto, y un poco a la vista. La mayor parte del año sus hojas son de un color bordó/vino tinto, y no de un verde vital y lustroso como Dios manda (o, más acorde a mis creencias, como Darwin manda). Y cuando están desnudos son feos, sus hojas en otoño no se ponen crocantes ni te tientan a pisarlas. Sin embargo, sus flores... sus flores son las más inocentes, delicadas y sedosas de todas. Y cuando los ciruelos florecen, entonces todos están de acuerdo: "¡Qué lindos que son los ciruelos de Palihue!". Pero las flores duran poco, quieren volverse al Hades con Perséfone. Y cuando se van, todos ignoran a los ciruelos de nuevo.
Yo no. Yo sigo deteniéndome a escuchar lo que le susurran al viento. Yo sigo acariciando sus hojas al pasar. Yo sigo tentándome a arrancarles alguna que otra hoja de vez en cuando, prometiéndoles en mi fuero interno que esta es la última vez que lo hago, que quiero intentar una vez más describir el tacto de sus hojas. Yo sigo viéndolos vestidos en sus hermosas flores, perennes en mi imaginación, esas flores que anuncian que dentro de un par de meses van a haber ciruelas para quien quiera. Y me siento a esperarlas, bajo la sombra de alguno de ellos, y el aroma floral más perfecto me llena la cabeza. Hace que las palabras se atropellen para describir todo, todo lo que veo a mi alrededor. Y clasificarlo. Ponerle nombre a la manera en la que se caen sus hojas. Regalarle una metáfora a sus raíces. Adornar con adjetivos a sus ramas, como si fuese más un árbol de navidad que un ciruelo. Y perderme un poco en mi imaginación.
martes, 6 de octubre de 2009
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a quién mierda no le pueden gustar los ciruelos si los escribís así ? jaja me encantó el nombre, y tu primera entrada. contame de luuuis gila *-* what happened ?
ResponderSuprimir(:
Concuero don LadyFan, de la forma que los describes son tan... marabillosos.
ResponderSuprimirEn la plaza central de mi ciudad hay mcuhos árboles viejos y grandes que da una fascinación observarlos por horas y horas, pero hay un árbol en especial que siempre me llama la atención. Me da más miedo que atención. Es uno pequeño, casi una rama, que lleva muchos años ahí, pero sigue siendo igual. Pero sus hojas rojas, son tan lindas, sin contar que están en una posissión inclinada perfecta para torturar el árbol y sacarle una hoja.
Me da miedo ese árbol. Es el más hemoso de toda la plaza y creo que por esa misma razón me da miedo. Pero aun así no puedo evitar mirarlo por horas cada vez que paso por ahí.
Dudo que sea lo mismo que tu sientes, es más, está muy lejano de tu amor por los ciurelos, pero tu entrada no me dejo pensar en otra cosa que ese árbol.
Eso :P