Qué sensación de vacío que siento a veces, cuando cortamos el teléfono. Merece un buen rato de silencio y quietud. Saboreo retazos de su voz en mi memoria, en mi cabeza. Cierro los ojos un rato, quizás. Sufro un poco el silencio. Algo oculto bajo me piel me hace reclamos: “¿A dónde se fue la alegría?”. Y yo le respondo: “Se fue con él”.
Sí, ya sé, mi felicidad depende peligrosamente de él. Pero es que no lo puedo evitar. Por más que nos peleemos, por más que discutamos, por más que seamos perfectamente opuestos en casi todo. Es imposible no perder la cabeza. Él es… agua fría tras una larga caminata en un día de mucho sol. Es la primera estrella que sale de noche. Un espacio libre de humo. El primer día de las vacaciones de verano. El aroma indescriptible de los libros nuevos. Es creer en Papá Noel y los Reyes Magos. Una lluvia veraniega que te invita a salir a empaparte. Esa película que te gusta tanto que hasta te sabés los diálogos de memoria. Todo lo que me fascina, con su risa que se rehúsa a estallar en carcajadas, y se resume a pequeñas y entrecortadas exhalaciones de aire. Con esa manía que tiene de pasarse las manos por la cara constantemente. Con el efecto casi nicotínico que tiene en mí. Con su manera de hacer que pierda la atención en clase por pensar en él.
Hay gente que se pregunta cómo se siente conocer al amor de su vida. Yo lo sé. Sí, ya sé que ustedes pensarán: “palabra de adolescente, palabra de enamorada… no vale un centavo”. Pero es que, si yo me estoy equivocando, también lo está haciendo el destino. Lo necesito, como nunca había necesitado a nada o a nadie. Despertar y verlo al lado mío, saber que nada le pasó y que está bien, y que me hable con esa ridícula voz entumecida que tiene cuando recién se despierta. Ése es mi pan de cada día. Y me falta. Y sé que me va a faltar por algunos años más, y lo acepto. Lo acepto con una enorme sonrisa en mi cara, dispuesta a sobrevivir con las pequeñas migajas que se caigan al suelo de vez en cuando. Como hacerlo sonreír con las estupideces que digo o hago. O escucharlo tocar la guitarra del otro lado del teléfono. Hablar a la noche acerca de cualquier cosa, porque sé que con él puedo hablar de lo que quiera. Escuchar su respiración cuando se queda dormido. Susurrarle y que me reclame que cuando susurro no me entiende. Que me diga que soy linda y hacerme la indiferente cuando en realidad me estoy muriendo de amor por dentro. Y amarlo, sobre todas las cosas, con esta obstinada seguridad de que es para siempre.



es el que me habías mostrado para leer *-* es hermoso Liz ^^ xD
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